“LA ADOPCIÓN, UN TESTIMONIO DE VIDA”

 “LA ADOPCIÓN, UN TESTIMONIO DE VIDA”

COMUNICADO/ EL BÚNKER

 

El sueño de ser madre es para algunas mujeres, como fue mí caso, una ilusión lejana, pues la naturaleza tiene sus propias reglas que a veces no es fácil compartir ni aceptar.

En mi caso, después de muchos procesos de fertilidad, en el año dos mil diez todo parecía perfecto, la felicidad era total con un embarazo múltiple de tres bebés; pero cuál no sería mi sorpresa cuando mi sueño se vio destruido ante la pérdida inevitable de mis tres hijos por un problema de tiroides.

En esta realidad a veces la esperanza de ser madre se desvanecía pero afortunadamente nunca se extinguió. Es en este punto donde vino a mi mente la necesidad de abrir horizontes, donde el corazón da ese pequeño empujón que lo hace crecer frente al dolor, lo cual me permitió ver con toda claridad que para lograrlo había algo más que concebir desde el vientre y que en realidad es posible concebir desde el corazón. 

Tuve que enfrentarme a muchos prejuicios que si los “genes perversos” o que el niño no tendría “mi sangre”.

Finalmente el día llegó, tuve la oportunidad de conocer al que podía ser mi hijo, ese día en que nos conocimos la vida de los dos cambiaría para siempre; el único aviso que recibimos fue que él tras mirarme mucho, sin sonrisa y con sorpresa en un momento cerró sus ojitos y entró en un profundo sueño entre mis brazos, de alguna forma supo que justo en ese momento Dios le había puesto enfrente a la mujer que, sin haberle dado la vida con el cuerpo, se la daría con el alma; aún y cuando muchas pruebas tendríamos aún que superar para darnos cuenta de ello.

Los siguientes años fueron de mucho reto, incertidumbre e impotencia, enfrentamos la incomprensión y el prejuicio social, la discriminación y el rechazo, por parte de familiares, amigos, colegios y hasta desconocidos, pues vaya que es muy fácil juzgar a los demás sin conocer su historia; baste resumir que mi hijo, hoy lo sé, tenía desde siempre cuatro transtornos distintos, déficit de atención, hiperactividad, epilepsia y espectro autista que lo llevaban a las conductas más extrañas e inexplicables e incluso sancionables para quien juzga sin conocimiento de toda la historia que acompaña a estos niños; mi hijo fue señalado e incluso expulsado de más de un colegio.

Todo el mundo se sentía con derecho a opinar y sin tener la más remota idea de lo que es tener un hijo adoptivo con su historia y su realidad a cuestas. Hoy, a sus siete años y medio, en el seno del amor de su familia es un niño estudioso, obediente, noble y feliz.

Concluyo compartiendo que, en mi opinión, la adopción es otra forma legítima de ser padre o madre pero ciertamente no es para todos, sólo un espíritu valiente y seguro es capaz de comprender este llamado que, a mi juicio, no puede venir sino de Dios; y escribo estas líneas para invitar a aquellos que sientan ese llamado a que no se den por vencidos pues aunque el camino es largo y lleno de obstáculos al final está ese estado de plenitud, satisfacción y paz al que llamamos felicidad.

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